El Niño de la Nada
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Cuentan que existe en lo alto de la nada, un lugar hermoso, donde habitan fantasías. Cuentan que existe allí, en medio de la nada, un enorme jardín, con una bella casa. Dicen que huele a jazmín, que está rodeada de amapolas. Es estrecha y alta, y una enredadera se retuerce cubriendo las paredes.
Se dice que no tiene puertas, ni siquiera ventanas, pero dicen, ¿cómo lo sabrán? que un niño habita en ella.
Sueña con que su casa es una nave espacial (¡pobre niño!), y el único espacio que ha visto es el que le mantiene encerrado. Sube las escaleras de caracol, sintiendo cada tramo, tocando la madera, escuchando el crujir bajo sus pasos. Cree que sienten, igual que él, que tienen vida, (¡pobre niño!), y por eso sube despacio, la cuida. Llega a la sala de los espejos, donde los dueños son los gatos. Va arrastrando la mano por la pared, escuchando el suave gemir del papel pintado, y se detiene delante de cada uno de los enormes espejos, de marcos tallados en plata, uno por cada gato, para ver si tienen alguna mancha. Hay un enorme piano de cola blanco, en medio de la sala, donde duerme sobre un cojín de terciopelo Nevermore, su gato predilecto. Y cuentan que no toca si su gato lanoso no se sienta sobre las notas agudas a marcar el compás con su suave ronroneo. Y cuentan que cuando se pone a tocar, se vuelve adulto, y la melodía es tan bella que se abren ventanas donde había espejos para que la música pueda volar. Y sueña con correr entre las amapolas que alcanza a ver, pero si para la música, no hay nada que hacer.
Encerrado ¡pobre desgraciado!, encerrado, para siempre, con su música, con sus gatos, con su latir.
Pero alguien, para que no se asfixiara, o quizás para mantener vivos sus sueños, dejó una rendija que daba al exterior.
Y cada noche, justo antes de dormir, apoya la oreja en ella, ¡pobre infeliz!, y sonríe imaginando una galáctica amada, con sonrisa de amapolas, que le espera al otro lado. Y se deleita escuchando los sonidos de la noche, que le ayudan a soñar, a imaginar, a sentir… a VIVIR.


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